
La conejita de nuestra historia tenía multitud de amigos, pues su corazón resplandecía como el oro y, paso que daba, favor que hacía a alguien.
Las aventuras le volvían loca. Su desbocada imaginación le hacía creer que era una Princesa Valiente, es decir, el doble del famoso Principito, pero en versión femenina. En todas partes veía enredos que deshacer e injusticias que reparar. También podía equiparársela a nuestro inolvidable Don Quijote. Pero, a lo que íbamos.
La conejita vio, cierto día, a un cachorro de lobo que gimoteaba desconsolado. Sin duda, llamaba a su mamá y así se lo hicieron ver sus amigos, pero ella seguía en sus trece.
- ¿Llamando a su mamá, decís? ¿Acaso no véis que le ha raptado el Dragón del Bosque y quiere comérselo cuanto antes? ¡Pero de nada le va a servir su apetito, porque aquí estoy yo para salvar al pequeño!
Y diciendo esto, nuestra conejita se precipitó por un profundo barranco con más entusiasmo que equilibrio. Total, que terminó por caer rodando por la pendiente. Sus amigos se esforzaban por seguirla, pero ella no cesaba de correr y de gritar:
- ¡Resiste un momento, cachorrito, que ya voy a liberarte! ¡Por la Justicia y la Verdad!
Cuando Mamá Loba se dio cuenta de que nuestra heroína quería llevarse a su cachorro, montó en cólera y a punto estuvo de armar un estropicio. Menos mal que los amigos de la conejita llegaron a tiempo y le pusieron al corriente de los delirios de ésta.
Como siempre, un golpe de fortuna salvaba a la Princesa Valiente del bosque en el último momento.
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