Lo malo fue que un cazador vino a turbar la calma de sus dominios. ¿Qué podía hacer él, ya tan decaído y con los colmillos gastados? Grave problema que sólo su inteligente consejero, Ratoncín, podía afrontar con éxito:
- Majestad, ya he pensado en cómo ahuyentar a ese inoportuno cazador, y la solución es muy sencilla. Déjelo de mi cuenta - razonó el consejero de la Corte.
Sin agregar palabra, Ratoncín se fue al pueblo más próximo y compró un potente micrófono, además de dos altavoces. Ya de regreso a la Corte, puso estos aparatos delante de Don Leo, y le dijo:
- Majestad ahora ruja con la mayor fuerza posible, y no se preocupe de más.
Don Leo siguió sus consejos y emitió un vacilante rugido. Éste, aumentado cien veces, llegó a oídos del cazador, quien, aterrorizado, soltó la escopeta y echó a correr.
Ningún otro cazador ha vuelto a turbar la maravillosa tranquilidad de este bosque. ¡Ah, quien pudiera vivir en él!

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