Lobito vivía con sus padres en el bosque. No podía decirse que fuese mal hijo ni tampoco mal estudiante, pero tenía un gran defecto: era muy desordenado.
Cosa que usaba, cosa que no volvía a encontrar. ¿Dónde dejaba su balón, o sus libros, o sus calcetines? Misterio insoluble. Si su dormitorio parecía un cuarto trastero, de puro sucio y desordenado que estaba, el pupitre que usaba en la escuela era un vivo ejemplo de lo mismo y destacaba, con mucho, de los de sus compañeros.
- Lobito, ¿por qué no te fijas un poco en dónde pones las cosas? - le decía su padre desesperado.
- Yo pongo todo en su sitio, pero ¿qué quieres que le haga si se me olvida dónde? - se justificaba Lobito, con mucha sinceridad.
Papá Lobo decidió tomar cartas en el asunto, y dijo a Lobito:
- Este balón es el último que te compro. Si lo pierdes, no tendrás otro nunca más, ¿entendido?
Naturalmente, Lobito perdió el balón, pero su padre cumplió su promesa. Así con cada cosa que perdía.
Lobito llegó al convencimiento de que sólo pueden comprarse cosas que van a ser bien tratadas y ordenadas, pues, si no, veía que se quedaba sin juguetes y sin objetos para la escuela.

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