La Comunidad de Vecinos del pueblo ha decidido edificar una casita para que jueguen los cachorros en ella. Don Cordero, uno de esos personajes que siempre quiere hacerlo todo, sin dejar meter baza a otros, se apodera del asunto y enseguida ordena lo que hay que poner y hacer.
- La casa ha de tener cinco habitaciones, tejado de pizarra y paredes de piedra, como las demás. El suelo ha de ser de parqué y las paredes conviene que se empapelen. Los muebles... - dice Don Cordero, con energía inagotable.
La verdad es que las obras no van por buen camino y muchos vecinos prefieren que sea Don Cerdo quien tome las cartas en el asunto, de modo que una Comisión formada por diez de ellos dice a Don Cordero:
- Agradecemos mucho su buena disposición hacia este asunto, pero creemos que la casa debe ser hecha por todos. Don Cerdo se encargará de llevar la dirección. Usted, si quiere, puede encargarse del tejado, pero nada más.
Don Cordero se aleja, refunfuñando, y se encierra en casa durante cuatro días. Allí tiene tiempo de pensar y comprende que no es bueno querer acapararlo todo, y máxime si se trata de una obra comunitaria.

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