
Allí, a la misma hora y en el mismo sitio, justo al pie de un viejo árbol, podías encontrar a la liebre mendiga.
Era cosa de rutina para los vecinos del lugar pasar junto a ella y darle alguna limosna, hasta que, poco a poco, todos empezaron a preguntarse: "¡Pero, ¿por qué pide limosna, si es joven y fuerte como cualquiera? ¿Qué le impide trabajar?"
Estos pensamientos se hicieron preguntas directas que la liebre mendiga se negó a responder. Estaba claro que sólo podría dar pretextos. Los vecinos, comprendiendo ésto, decidieron suspender sus limosnas.
La liebre, viendo que ya no podía sobrevivir, se sintió obligada a trabajar. Fue de puerta en puerta pidiendo que la empleasen en el servicio doméstico, pero nadie quería confiar en ella.
- ¡Qué apuro más grande! ¿Cómo voy a trabajar si nadie quiere admitirme? - se decía la perezosa liebre.
Por fin, tras pasar muchas calamidades, la liebre pudo ganarse la vida como los demás animales. Jamás volvería a ocurrírsele holgazanear y pedir limosna. Cada cuál debe afrontar su responsabilidad.
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