
En un establo vivían un caballo y una cabra. Al primero le sacaban a pastar por la mañana temprano, a un prado cuya hierba era de primera calidad. La cabra no tenía tanta suerte, pues como era considerada menos valiosa que su compañero, se la llevaban a pastar a un prado de segunda categoría.
El caballo, en vez de animarla y consolarla, solía mortificarla con frases como ésta:
- Yo sería incapaz de comer una hierba como esa que te dan a ti. ¡Puaf, qué asco! Por fortuna, yo soy un caballo y tú una simple cabra. - La cabra nada contestaba. Dejaba todo a la Providencia.
Un día metieron en el establo a un caballo joven y fuerte. En lo sucesivo, fueron para él los mejores bocados y cuidados. El caballo viejo tuvo que irse con la cabra a mordisquear esa misma hierba que tanto había despreciado.
- ¡Vaya!, con que eras incapaz de comer esta hierba, ¿eh? Pues, ¿qué haces aquí entonces? ¡Deja, deja que yo me lo coma todo! - le decía la cabra con toda intención.
Amigos, nunca digáis: "De este agua no beberé", ya que ¡da tantos tumbos la vida!
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