En el fondo del mar, todos estaban de enhorabuena. Había sido elegido rey el Señor Pulpo, anciano bondadoso y magnánimo.
El destino del pueblo parecía ser muy prometedor y, en efecto, durante los primeros años de su reinado, Don Pulpo se comportó como un sensato y agradable monarca.
Sin embargo, a medida que sus riquezas aumentaban, se hacía más y más avaricioso. Empezó a pedir al pueblo cosas cada vez más costosas y difíciles.
Llegó un momento en que todos los habitantes del océano tenían que trabajar las veinticuatro horas del día para poder atender sus exigencias. No podían comer, beber ni descansar.
Al fin, la situación llegó a su justo límite. Los mismos animales que años antes habían colocado en el trono a Don Pulpo, le echaron violentamente de él, en justo castigo a su insaciable ambición.
Desde entonces, Don Pulpo vive lejos de la Corte, abandonado y despreciado por todos. ¡Si no se hubiese dejado llevar por el brillo del Poder y el Dinero!

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