jueves, 26 de abril de 2012

El grandullón del bosque



Nunca se había visto un león tan malvado como aquél. Mataba a todo el que se encontraba, y no porque tuviese hambre, sino por diversión. Cuando aún estaban calientes sus víctimas, las devoraba con fruición.

Como podéis suponer, todos los habitantes de la selva estaban aterrorizados. Nadie se atrevía a salir de sus casas y, al anochecer, montaban guardia numerosos centinelas, con el fin de proteger a los animales jóvenes e indefensos de las acometidas del león.

La situación empeoraba de día en día. Era frecuente encontrarse con los despojos de algún pobre animalucho sorprendido por esa fiera insaciable. En vista de ello, se convocó asamblea general de toda la población de la selva, con el fin de tomar severas medidas contra el asesino.

Pronto se llegó a un acuerdo unánime. Era preciso hacer un gran hoyo, en mitad de la selva, y cubrir éste con ramas y hojas secas, de modo que el león cayese en esta trampa. Estacas afiladas esperaban a la fiera en el fondo del hoyo, y su cuerpo sería atravesado y desgarrado nada más caer.

Don Loro, el cartero mayor del reino, se dedicó a repartir cartas de advertencia a la población, para que todo el mundo tuviese cuidado de no caer en la trampa.

Días después, se oyeron unos tremendos rugidos, en medio del silencio impenetrable de la selva. Era el león, quien, destrozado, se quejaba en el fondo de la trampa. Murió al cabo de pocos minutos.

Pequeños y mayores respiraron aliviados. Un gran peligro público acababa de ser conjurado. La paz retornaba a la selva y el asesino había recibido su justo castigo.

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