lunes, 7 de mayo de 2012

El fabricante de medicinas



Don Elefante era muy bueno y cariñoso con todos los habitantes de la selva. en justa correspondencia, recibía el amor y la estimación de todo aquel que había curado por sus medicinas.

En efecto, Don Elefante había montado un laboratorio en el sótano de su casa y experimentaba sin cesar con nuevas sustancias químicas, deseoso de terminar con las dolencias y enfermedades de los animales.

Poco a poco iba logrando medicinas más potentes e inofensivas para la salud. Cuando llegó a viejo, casi no había enfermedad que se le resistiera, tal era su sabiduría y buen tino.

Don Elefante enfermó de gravedad. Lo suyo no era algo que pudiera curarse con medicinas, pues la vejez es un proceso natural. Comprendió que su muerte se acercaba y tomó las precauciones convenientes.

- Toma, Felisín - le dijo a su criado, un gato muy simpático y servicial -, éstas son las fórmulas que necesitarás para seguir fabricando medicinas en el laboratorio, suponiendo, claro está, que desees continuar mi labor.

- ¡No faltaba más, Don Elefante! Hasta que me muera, seguiré haciendo lo que usted, curar al enfermo y consolar al triste - respondió Felisín en un arrebato de ternura.

Don Elefante murió dulcemente, pero su recuerdo permanecerá vivo por siempre en toda la selva, pues quien hace el bien se asegura la inmortalidad y el amor de todos.

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