
Un cabrito se ganaba la vida haciendo y vendiendo pasteles. Cada mañana, colocaba su tenderete en la linde del bosque y, con voz potente y bien timbrada, comenzaba a pregonar su mercancía:
- ¡Pasteles, ricos pasteleees! ¿Quién no desea tomar un suculento pastel a estas horas, quién? ¡Baratísimos, oiga, baratísimos!
Aunque no vendía mucho, el cabrito podía ganarse la vida con desahogo. Una mañana de invierno se le acercó un lobo de gran tamaño y feroz aspecto, quien, en todo amenazante, le dijo:
- ¡Tengo un hambre horrible! ¡Dame ahora mismo todos esos pasteles si no quieres que te coma de un bocado, ladrón!
El cabrito, muerto de miedo, tuvo que complacer al lobo. Este cogió la costumbre de ir cada mañana a comerse todos los pasteles que tenía el cabrito en el tenderete. Al cabo de pocos días, el pequeño vendedor comprendió que así no podía seguir.
"¿Qué puedo hacer? - se dijo, con ánimo compungido -. ¡Ya está! ¡Pobre de ti, miserable!".
El cabrito hizo pasteles y en ellos mezcló la pasta con un frasco entero de fortísima pimienta, capaz de derretir el planeta. Por si fuera poco, el cabrito echó en la masa sus buenos pedruscos cogidos en el bosque.
Cuando, a la mañana siguiente, el simpático lobo fue a reclamar su ración de pasteles, se encontró con toda clase de facilidades. ¡Qué hartazo se dio! Horas después, el lobo sentía que su estómago era una pura hoguera.
- ¡Aaaag! ¡Parece que me aplican brasas encendidas y el hígado se me rompe! - exclamaba, atormentado.
Nuestro lobo no pudo volver a comer otra cosa que papilla, pues tenía el estómago deshecho. Ni que decir tiene que el cabrito pudo seguir adelante con su negocio, seguro ya de dar su merecido al próximo desaprensivo que se le acercase.
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