
Bongo era un osezno chiquitín y muy gracioso. Trabajaba como acróbata en un circo ambulante y, sin duda, era la estrella de la compañía.
¡Qué bonito era ver cómo se encendían los focos brillantes del circo! Sobre la pista solitaria y bañada en luz, aparecía Bongo, vestido con una pintoresca chaqueta roja y lazo azul.
Sus cabriolas y saltos mortales hacían subirse el corazón a la garganta. ¡Qué maestría de movimientos y cuánta gracia y soltura en su quehacer! Grandes ovaciones premiaban su intervención y, al final de la función, el público reclamaba de nuevo a Bongo, quien tenía que saludar repetidamente.
Sus cabriolas y saltos mortales hacían subirse el corazón a la garganta. ¡Qué maestría de movimientos y cuánta gracia y soltura en su quehacer! Grandes ovaciones premiaban su intervención y, al final de la función, el público reclamaba de nuevo a Bongo, quien tenía que saludar repetidamente.
Después de su artístico trabajo, Bongo era encerrado en la jaula que le servía de vivienda. Allí, tumbado sobre la paja reseca, soñaba con el bosque que le vio nacer, con arroyos cantarines y prados frescos y jugosos. ¡Ah, cuándo podría volver a ver todo eso!
Un día viajaba, con el resto de la Compañía, en un tren de mercancías. Nuevas actuaciones le esperaban en ciudades remotas. Bongo, con el hocico pegado a los barrotes de su jaula, contemplaba el bosque, ¡tan cerca y tan lejos de su corazón!
De repente, obedeciendo a un ciego impulso, Bongo forcejeó y logró romper, nadie sabe cómo, los delgados barrotes de su jaula. Luego, sin vacilar, saltó desde el tren en marcha hacia la soñada libertad. ¡Bongo, bienvenido al bosque, tu bosque!
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