
Extraños ruidos llegaban hasta Jim, muy extraños. Pongamos atención amigos: "Cric, ñam, pom, croc". ¿Qué sería eso? Bueno, parecían venir del almacén. Mejor ir a echar un vistazo.
Jim, perro serio y celoso de su deber, se dirigió hacia el lugar indicado, sin tardanza. Avanzó sigiloso, entre cajas y paquetes, hasta que descubrió a un grupo de ratones. Ellos eran el origen de tales ruidos y se estaban dando un gran banquete.
"¿Con que sí, eh? ¡Ja, ja! Vais a enteraros de lo que es bueno. A Jim nadie le asalta el almacén impunemente" - pensó el simpático perro, ya dispuesto a saltar sobre los traviesos ratoncillos.
En esto, una de las patas de Jim fue apresada por un misterioso objeto metálico. ¡Una trampa para ratones! El cepo se cerró sobre su pieza y se negó a soltarla. Jim, entre terribles dolores, se revolcaba por el suelo intentando liberar su pata. Todo era en vano.
Los ratones, al verle en tan difícil situación, se dieron cuenta de lo sucedido y empezaron a reírse:
- ¡Mirad, el cazador cazado! - exclamó uno de ellos.
- ¿Quién le ha visto y quién le ve? Hace un momento dispuesto a zamparnos vivos. Ahora, rogándonos ayuda. ¡Pero, querido perrito!, ¿en qué quedamos? - dijo otro chistoso.
Después de divertirse un buen rato, los ratones, que en el fondo eran buenas piezas, ayudaron a Jim a liberarse del cepo, con las necesarias precauciones, claro, no fuese a resultar que Jim se aprovechase de su buena fe y les atrapase después.
Cada paso que da Jim tiene ahora su vigilancia. El simpático perro no quiere que tan lamentable situación se repita. Bueno, creo que podemos comprender sus sentimientos, ¿verdad?
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