Había un mono al que llamaban "Cotillón" porque se pasaba el día cotilleando y metiendo las narices donde no le importaba.
En clase, aprovechando la usencia de los alumnos, se daba la gran fiesta, revolviendo en pupitres y carteras, durante el recreo. Quería encontrar algo interesante.
Pese a llevarse sopapos y mamporros por parte de algunos ofendidos compañeros, el mono "cotillón" seguía en sus trece. La clase en pleno, viendo el cariz que tomaba la cuestión, decidió reunirse en busca de soluciones al caso.
Tras un buen rato de inútiles discusiones, Zorrín levantó su voz sobre el griterío reinante, y propuso:
- Yo creo, compañeros, que lo mejor es darle un escarmiento definitivo.
- ¡Sí, muy bien, qué listo! ¿Y cómo lo hacemos? - intervino Conejín.
- Muy fácil. Conozco una pintura especial de color blanco, que no se quita con nada. Le ponemos una cajita llena de dicha pintura, en algún pupitre, y cuando meta los morros... ¡zas!, se pringará - sugirió Mizifú, un gatito muy inteligente.
La idea fue aprobada por aclamación.
El mono "Cotillón", ajeno a todo, siguió con su eterna costumbre y pronto dio con la misteriosa caja blanca, llena a su vez de la pintura blanca especial. Picado en su curiosidad, el mono metió los morros en ella para ver lo que era, y quedó pringado de la misma.
¡Si hubiéseis visto las risas de sus compañeros al echarle la vista encima! El mono "Cotillón" busca desesperadamente algún medio de librarse de tan incómoda mancha, pero creo que le va a ser difícil. En todo caso, cuando lo encuentre, os aseguro que jamás volverá a husmear en cosas ajenas.

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